¡No como, no duermo, no vivo! – Sin alimentos en tiempos de coronavirus.

Escrito por: Gio Lima.

La pandemia está afectando al país en todos los aspectos, y entre la población más vulnerable la preocupación es aún mayor, ya que afecta no solo su salud, sino también su subsistencia. Muchos padres de familia lloran al no poder llevar el pan diario a su mesa, se han reducido los tiempos de comida al día y la desnutrición ha aumentado.

Los vendedores ambulantes corren un mayor riesgo de contagio al tener que salir a las calles a buscar la suerte de vender algo, cuya demanda ha disminuido por el menor ingreso de los hogares, y por el temor de contagiarse con algo comprado de la calle. A efecto de esto, ellos tienen menos ingresos y más problemas para llevar el sustento a sus casas.

A estas alturas, con tantos desempleos, no es difícil imaginar la desesperación en muchas familias, con deudas que pagar y bocas que alimentar. Los alimentos son cada vez más caros, y el dinero es más escaso. Incluso los artículos para el cuido de la pandemia requieren de un costo difícil de cubrir para el uso diario y a la vez, presentándose en los hogares tantas carencias.

Las personas sin hogar que antes pedían en las calles para poder comer, ahora ni siquiera tienen tal oportunidad, pues el miedo se sobrepone a la caridad. Las personas se alejan de ellos y muchos los ven con desprecio, como si fuesen un contenedor ambulante del virus. La desesperación y la aflicción de esas personas es enorme, pues la mayoría son adultos mayores sin familiares a quien recurrir, o que están en el abandono, cuyos pensamientos consisten en lo siguiente: “si me da el virus, es mejor que me muera, no hay nadie que vele por mí”.

Incluso, los migrantes que se fueron por razones políticas o monetarias están sufriendo grandemente. La discriminación y la falta de solidaridad hace que la estadía en otro país sea más crítica de lo esperado, muchos están sin trabajo, sin techo, sin consuelo, y preocupados. Quizás antes eran el sustento de sus familias a través de remesas, y ahora no duermen pensando que sus hijos no se alimentan. Asimismo, los problemas de salud, la falta de seguro social y el nulo apoyo de entidades estatales; acrecientan la trágica situación que se vive en el extranjero, pues prácticamente están desamparados.

Al ver el más oscuro panorama, se encuentra el luto en las casas, el cual es un trago amargo. La tristeza se desborda en los barrios, más cuando se desea dar el último adiós a esa persona, cuyo privilegio fue robado por los entierros instantáneos. Cuando llega la cruda realidad de que esa persona no estará más, no reirá más, no trabajará más, siendo quizá la cabeza y sustento del hogar; aumenta la angustia, quedando el resto de la familia sin protección y sin apoyo.

En todas estas situaciones, la preocupación es inevitable y el desgaste emocional es alto. El no poder dormir se volvió rutina y la cordura está alejándose de forma silenciosa.

 La nueva normalidad es escuchar gritos en la casa, discusiones por cualquier detalle, reclamos y llantos de frustración. La misma convivencia en cuarentena hace que los familiares no se soporten entre sí, y el daño de las palabras duelen más que un golpe.

Todos deseamos que esto se detenga, pero este inmenso tren de desastres no lleva frenos; los daños ocasionados no van desaparecer, los muertos no volverán, las pequeñas empresas que quedaron en la quiebra no se recuperarán fácilmente; menos cuando hay entidades ineficientes que no proporcionan apoyo, solo buscan su propio beneficio.

 Es de resaltar que las personas afectadas con el virus quedan con algún tipo de secuela (considero que este virus es un potenciador de enfermedades crónicas e intensifican los malestares que éstas ocasionan).

Lo que queda es adaptarse a la nueva realidad y aprender a ser solidarios con los demás. Se puede empezar por compartir lo poco que tenemos, y aprender a no ser tan egoístas, salir de esa burbuja donde sólo pensamos en nosotros mismos, en nuestro bienestar, dejando a otros a la intemperie. Debemos aprender a amar al prójimo y velar por él. Estos tiempos ponen a prueba nuestra fe, por tanto, debemos pedir fortaleza y dirección a nuestro creador.

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