El perro del abuelo.

Escrito por: Por: Sargento Vaquerito

Dedicado al patriarca de la familia, donde sea que se encuentre, sé que está mejor.

Te acercabas a la puerta con el más asombroso sigilo, tratabas de encontrar a alguien dentro de la casa para que pudiera abrir el portón de la calle y así evitar sus incesantes ladridos, pero era una misión imposible. porque al más leve suspiro, ese canino podía escucharte aun estando al fondo de la casa; se levantaba en un solo movimiento y corría velozmente hasta casi levitar, sus uñas sonaban en todo el trayecto y al llegar a la puerta te echaba una mirada y si no te reconocía entonces empezaba su labor de guardián, por algo el abuelo le llamó Capitán.

A la casa habían llegado varios caninos y todos eran queridos. La primera en llegar fue la Pelusa, perra de mediana estatura, de pelaje blanquecino como hueso, sus ojos color café y su cara negra, como máscara, parecía ser pastor alemán pero cruzada con come – cuando – hay. El abuelo para las fiestas decembrinas decía que nos comeríamos a la Pelusa en carne asada. Pelusa murió de quince años, vieja, con dolores y sin haberse cruzado nunca con algún macho. El abuelo dijo que por eso ella había ido al cielo de los perros.

Luego llegó el Nerón, un cruce de rottweiler con mestizo, mi papá no es de querer mucho a los animales, pero se enamoró del porte de ese perro y el abuelo se lo regaló. Era bravo y buen cuidador, mi papá le daba todos los días caramelos rayados, porque, según dicen, el dulce los pone violentos. Tanta era su bravura, que una noche me terminó mordiendo dos veces, lo regalaron a un tío que vive en la bocana de Tipitapa, quien luego lo vendió. El nuevo dueño se lo llevó a una finca, dicen que se creció y lo usaron para cuidar el ganado.

Tiempo después el abuelo consiguió una perra, una de mis tías que vivía en la casa no la quería por ser hembra, pero cuando cumplió su tiempo de madurez y levantó celo, la casa se convirtió en la más cuidada de la cuadra; había tantos perros esperando a que ella saliera para tener coito, hasta que un día se les escapó y sucedió lo inevitable. 65 días después la perra estaba dando a luz a seis perritos, cuatro hembras y dos machos. Regalaron a todas las hembras cuando ya podían comer por ellas mismas, se quedaron con los dos machos por un tiempo y a la mamá la regalaron. Como el papá de los cachorros era de un vecino de la cuadra, llegó a reconocer a sus nietos y se llevó uno de los machos. Desde entonces ese pequeño perrito que quedó fue acogido por el abuelo, por todos los de la casa y la familia entera. El abuelo le daba churros, coyolitos, cajetas de leche y lecheburra.

Esos confites eran de la venta del abuelo, quien salía con su bicicleta por los pueblos a vender caramelos, gas, pinesol y criolina. Salía antes de salir el sol, mis primos y yo decíamos que el abuelo se levantaba a despertar al gallo para que este no se despertara tarde a cantar. Llegaba al caer la tarde y antes de entrar a la casa, sonaba el timbre de su bicicleta rompe vientos. El perro era el primero en asistirlo con un baile indescifrable, una desincronización desbordante de alegría, jolgorio, entusiasmo, una algarabía en el alma noble y pura de aquel perfecto guardián. Ya sea porque amaba a su amo o porque sabía que el abuelo al bajarse de su bici, lo primero que hacía era sacar de su cajilla con mercadería una bolsa de caramelos, o churros, o bien su pedigrí, en el mejor de los casos, sus pellejos.

Un día el abuelo se sintió cansado y ya no salió más a vender. Sacaba su silla mecedora al porche y se dormía, el perro se echaba debajo de la silla o a sus pies y lo acompañaba a luchar por sus sueños, lo único que cuando alguien pasaba frente a la casa era imposible evitar que ladrara, entonces despertaba al abuelo y este lo reprendía: «¡Jobero, hombre!, ¿que´j la locura que te agarra?, ¿no estás viendo que son los vecinos? ¡Condenado perro, que no me deja dormir!» Al escucharlo irritado se devolvía con las orejas hacia atrás, agachas como quien dice: «estoy apenado, discúlpame.»

El abuelo enfermó para mayo, su salud se vio afectada por un virus que nadie sabe dónde se originó realmente, ni cómo. El perro parecía saberlo porque no salía del cuarto, lo acompañaba a cada instante y se alejaba únicamente para tomar agua y medio ladrar, casi como por obligación, para que supieran que había perro. El abuelo se gravó y hubo que trasladarlo al hospital donde fue internado, nos dijeron que dentro de poco se pondría bien; pero en los días siguientes poco supimos, solo que estaba mal, que solo pasaba dormido. Nos despertaron una mañana con la noticia de que el abuelo ya estaba mejor, que ya no estaba requiriendo el oxígeno y que ya se encontraba estable, todos nos sentimos aliviados y pensábamos que tendríamos abuelo para rato.

La alegría fue corta, al caer la tarde avisaron que el abuelo tuvo una severa recaída y que ingresaría a cuidados intensivos, que necesitaría respiración asistida, que lo entubarían para ayudar sus pulmones, pero lamentablemente, no lo soportó. La noticia cayó de golpe y nadie pudo evitar llorar por el abuelo. En el hospital solo daban dos horas para realizar las gestiones de su entierro y dictaron: Va directo al Campo Santo, nada de velas, nada de esperar a familiares, máximo tres personas para llevarlo hasta su última morada. Así fue, el abuelo fue enterrado en su tierra natal, en su pueblo; pero su perro no entendía eso.

Desde aquel día lo espera pacientemente en el mismo porche donde ambos se echaban su pelón, lo llega a buscar al cuarto, olfatea sus zapatos y chinelas. Lo busca entre los rostros de las personas que transitan la calle y al no encontrarlo, les ladra, como reclamando: «¿Dónde está mi amo? ¿Por qué no viene a verme?» Se ha puesto flaco, desanimado, cabizbajo, como si le doliera tragar porque no es su amo quien le trae la comida. Creo que ha de recordar la vez que el abuelo lo cargó y le dijo: «Te vas a llamar CAPITÁN.»

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