Tiempos de solidaridad (o hipocresía)

Escrito por @humberto.martz (Instagram)

Érase una vez un país desbordado por las violaciones de derechos humanos, en el que las libertades fueron secuestradas gracias al «uso barbárico del poder». Entiéndase dicha expresión como el uso desmedido de la autoridad con tendencia a emplear las armas para reprimir con la fórmula mágica de las dictaduras; asedio, plomo, encarcelación y exilio. En esta nación, usualmente se decía que había un modelo híbrido, que algunos pánfilos intelectuales llamaban «democracia con rasgos de autoritarismo».

Evidentemente, en el año 2018, se destapó que, en esencia, lo que existía más bien era una dictadura que se maquillaba de democracia, y que —como todas—, en algún momento tuvo que sacar las garras y aplicar la receta anteriormente mencionada. Dos años después, como si el pueblo no sufriera lo suficiente, se ha desatado una pandemia global. Es decir que en Nicaragua llueve sobre mojado.

Entre la rutinaria vida de asedio hacia opositores, encarcelamiento de presos políticos y Estado policial impuesto, ahora se ha sumado un nuevo factor al tablero: un peligroso virus que, por su alta capacidad para propalarse, amenaza con acabar con miles de vida. Y es que incluso en los países del famoso «primer mundo», con sus recursos y sistemas de salud avanzados, no se ha podido hacer frente a esta novedosa y desafiante amenaza viral.

En circunstancias aciagas, como las presentes, es incuestionable que valores como la solidaridad son esenciales, sobre todo en la subyugada sociedad nicaragüense, en la que debemos estar claros de que la cleptocracia imperante no tiene reparos por las muertes de sus ciudadanos. Las palabras sobran cuando los hechos y acciones hablan por sí mismos; en esta prisión donde todos estamos «delicados pero estables», se ha contrariado todo protocolo para evitar mayores daños humanos; no hay cuarentena, ni cierre de fronteras, tampoco se llama al distanciamiento social, en todo caso, el dictador ha criticado a quienes se atrevan a realizar campañas del orden «quédese en casa». Mientras que, al mismo tiempo, él no sale de su búnker, es decir, le pide a los demás que se conglomeren y disfruten de la covid-19, mientras él huye despavorido de su encuentro… Porque no le interesa en lo más mínimo la vida de sus conciudadanos —o más bien súbditos—, la única que importa es la suya y de sus familiares pues «todos los demás son desechables», (en la perversa mente del jefe de la clica).

Podríamos escribir copiosas líneas criticando al irresponsable caudillo, pero también la vale la pena dirigir el tema de la solidaridad hacia nuestras narices, es decir, escarbar en nuestra trinchera. ¿En qué se diferencia el vetusto Ortega, que sorpresivamente —o no tanto para cualquiera con sentido común y que no compre su discurso— se ha mostrado ultra capitalista al pedir que todos los negocios y actividades comerciales sigan abiertos, con los empresarios del COSEP que tampoco se quejan mucho al respecto?

Si bien de la dictadura no se puede esperar nada, ya que medidas sensatas como una cuarentena de prolongación racional —claro está, Nicaragua es un país pobre con una economía informal que no soportaría mucho con «todos en casa»— no serán aplicadas por orden tajante de Murillo y compañía, también ha sido sugestivo observar el actuar del gran capital, cuyo objetivo parece nunca perder su curso: las utilidades.

Si en el 2018 no se llevó a cabo un paro nacional indefinido para dar el golpe que noqueara al tambaleante señor del bigote, ahora se manifiesta también absurdo el pensar que, en este 2020, los empresarios van a sacrificar ganancias para mandar a todos sus trabajadores al hogar. La solidaridad es un valor que tiene más peso cuando se practica y no cuando se platica.

Con una quincena, en la que se hubieran enviado a los ciudadanos a sus hogares, el panorama sería otro, y pudiésemos decir: el empresariado está del lado del pueblo, hizo el intento de evitar el peligro, dentro de lo posible. Pero ése no es el caso, más bien, de vez en cuando estos señores se embarcan en la absurda tarea de brindar comunicados, que casi como cartitas a Santa Claus, no sirven de mucho, pues aquí no tenemos a un bonachón cumplidor de deseos, sino a un déspota que solo regala carbón y miseria al pueblo. Repitan después de mí: Ortega no va a bajar el precio del servicio de energía eléctrica, tampoco el del recibo adulterado de Enacal, no le pasa por la mente decretar cuarentena y así… Con cualquier acción para ayudar a la población. Sin importar cuántas cartitas se manden, o lo mucho que se ruegue a las botas del factótum.

Si no existe solidaridad de parte del régimen ni de «nuestros» supuestos intelectuales del COSEP y compañía (que se cree están del lado de la población y son opositores, aunque algunos con espíritu crítico se permiten ponerlo en tela de juicio), solo queda en manos de la sociedad civil realizar su tarea: portar barbijos, lavarnos las manos, y guardar toda la distancia social que podamos. Es deber del ciudadano comprender que nadie le va a salvar mágicamente. Es un trabajo de todos, el ser solidarios y vislumbrar que nuestro actuar puede salvar o matar vidas.

 

 

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