Las Huellas del Exilio| La “doc” de las barricadas en la UNAN

Escrito por: Osmaro Chavarria

Divina Misericordia

Contrario a lo que los muchachos y Rumanía pensaron, la ofensiva paramilitar y policial no cesó cuando ellos se refugiaron en la parroquia Divina Misericordia. Las fuerzas del régimen Ortega-Murillo atacaron sin escrúpulos la fachada del templo, causando estragos que aún son visibles y que los sacerdotes prefieren no reparar, para que quede un registro del ataque al templo católico. Los policías se mantuvieron en permanente posición de ataque hasta la mañana del 14 de julio de 2018, como cazadores tras su presa, pero en este caso, trataban de cazar a estudiantes universitarios dentro de una iglesia.

En la capilla se resguardaron el vicario Alvarado, el párroco Zamora, las y los atrincherados y algunos periodistas que cubrían el ataque. Entre los comunicadores se encontraba José Noel Marenco, experiodista del medio de comunicación -actualmente clausurado y confiscado por el régimen- 100% Noticias.

Marenco compartió espacio en la parroquia junto con Rumanía y los demás muchachos. El comunicador pensó que ese iba a ser el último día de su vida y la de todos los que se refugiaban en dicho lugar. “Moriré haciendo lo que amo”, fue lo primero que se dijo a sí mismo. Y agrega “sabés, casi nunca pensamos cómo sería el día de nuestra muerte, preferimos pensar, ¿cómo serán nuestros hijos? ¿Dónde te gustaría jubilarte? Y cosas más triviales, pero nunca te imaginás que por la mañana estarás en tu escritorio escribiendo para el medio de comunicación para el cual trabajas, y por la noche estarás en el suelo, sintiendo la sangre de alguien que se está desangrando a la par tuya, escuchando pasar balas por tu oído, y viendo los sesos destapados de algunos estudiantes”.

El comunicador relata que en su memoria quedará grabado para siempre el patriotismo que mostraron los jóvenes que permanecieron atrapados con él en el templo católico. Marenco rememora que en medio de las balas y tirados en el suelo, las y los jóvenes entonaron las notas del Himno Nacional. “Pusieron de cabeza a todo un régimen millonario, y movilizaron a todo un grupo de asesinos armados hasta los dientes para expulsarlos de su propia universidad”, narra.

Pese al patriotismo de los muchachos, su espíritu, su garra y su compañerismo; así como los esfuerzos del vicario Alvarado y el párroco Zamora, fue imposible evitar el asesinato de dos jóvenes: Gerald Vásquez (el chino) y Francisco Flores (el oso).

Estaba amaneciendo, el sol comenzaba a salir, cuando de pronto se escucha un lamento ensordecedor: “Mataron al chino, mataron al chino”, luego de eso, Rumanía recuerda que uno de los muchachos, por el impacto de ver a Vásquez sin vida, le agarró fuerte la mano y ella le respondió con un abrazo. “Ver su cuerpo en el comedor del padre y que expirara, una de las imágenes que jamás olvidaré”, recapitula, con un tono de voz triste.

La doctora aún se muestra muy sentida por el asesinato de su otro compañero en las barricadas de la UNAN, Francisco Flores (el oso). El cuerpo de Flores quedó tirado por un buen tiempo en el pavimento, sus compañeros no podían recogerlo porque estaban muy expuestos a los paramilitares y policías. Si salían se convertían en un blanco fácil para los francotiradores.

Flores había quedado fuera de la capilla, en la primera barricada de defensa que habían montado los universitarios para tratar de defenderse, por un momento, el joven quedó expuesto, se descuidó por unos breves segundos y recibió un disparo certero que acabó con su vida. Rumanía y el resto de los muchachos solo veían de lejos el cuerpo, ya sin vida, de su “compañero de lucha”, quien solo portaba un lanza morteros para su defensa.

-“Su cuerpo estuvo tirado en la calle y ninguno de los chavalos pudo ir a traerlo, porque si salían eran otro blanco fácil -se toma una pausa e inhala un poco de aire-, porque ya había luz del día. Hasta que se pudo salir por él se trajo su cadáver, se puso en una mesa y con la bandera (de Nicaragua) encima. Él se quedó con su lanza mortero en la mano, y con una sonrisa, eso es convicción”.

El 14 de julio de 2018, por mediación del cardenal Leopoldo Brenes y del nuncio apostólico Waldemar Stanislaw Sommertag, los muchachos lograron salir de la iglesia Jesús de la Divina Misericordia, donde un autobús los transportó hasta la Catedral de Managua. Pese a ello, algunos paramilitares y policías, como en una escena tétrica e inimaginable, hacían gestos de “saludos” con las armas que portaban a las y los jóvenes que estaban abordando el medio de transporte, no les bastó la tortura física y las heridas que dejó el ataque, querían afectarlos psicológicamente. Así fue el cierre de esas interminables diecisiete horas de terror (tiempo que duró el ataque a la UNAN-Managua y a la parroquia Divina Misericordia), pero marcaban el camino al exilio para Rumanía.

La ruta al exilio

Tras su atrincheramiento y lo vivido en la UNAN y la parroquia Divina Misericordia, la joven sabía que corría peligro, que policías o paramilitares podían capturar a los muchachos que se atrincheraron e igual a ella. Sabía que si se quedaba, tarde o temprano llegarían por ella. Pese a eso, la doctora no tomó la decisión de exiliarse, fueron miembros de su familia quienes le aconsejaron irse. “Luego me puse a pensar que si a mí me llegaran a agarrar, podría perjudicar a todos ellos y no quería eso”, comenta.

Antes de su partida, se refugiaba –junto con otros muchachos- en casas de seguridad, pero la Policía dio con las ubicaciones, por lo que otros jóvenes, les alertaron que debían irse, los policías estaban cerca del lugar.

Fue así como el 30 de septiembre de 2018, la joven se enrumbó en un viaje que, hasta el momento, no tiene fecha de retorno. Con una mochila, en la que llevaba: un pantalón, dos camisas, un cuaderno, un suéter; ungüento marca Zepol, jabón de baño, cepillo y pasta dental, partió de su tierra por temor a ser capturada por las fuerzas represoras bajo el mando del gobierno Ortega-Murillo.

Mientras salía del país, dos sentimientos la abrumaron: el miedo y la tristeza se apoderaron de ella. La incertidumbre se asomaba a su paso. Aún carga el peso de no haber logrado despedirse de sus seres queridos, por la prontitud en la que tuvo que salir cuando detectaron sus casas de seguridad. Con tantos momentos vividos en poco tiempo, recién se acordaba que no había tenido tiempo de llorar a los jóvenes que cayeron en las barricadas por protestar contra el gobierno. “No pude llorar a mis muertos ni abrazar a mis vivos”.

No haber llorado adecuadamente a sus compañeros asesinados en las barricadas es uno de los lamentos de Rumanía. Ilustración de Jairo Pérez.

El plan de la galena cambió por completo. Buscaba pasaporte para salir del país, en ese proceso, unas personas que le estaban ayudando en la gestión de los trámites, le alertaron que ella y demás muchachos atrincherados aparecían en una lista de Migración y Extranjería. Con esto, la joven no podía salir o se le dificultaría hacerlo de manera legal.

Con la advertencia, Rumanía decidió que debía abandonar el país por tierra, así fue como ella logró burlar esa medida de Migración y Extranjería y se dirigió a su primer destino, Honduras. Llegó a ese país centroamericano porque era al único donde podía moverse (en materia de seguridad). Además, sin pasaporte ni dinero, dependió de la ayuda de amigos y amigas que le brindaron su apoyo.

Así Rumanía se sumaba a la lista de profesionales de la salud que abandonaban el país para salvaguardar su vida. El doctor José Luis Borgen, vicepresidente de la Unidad Médica Nicaragüense (UMN) -organización que aglutina a médicos despedidos arbitrariamente por la exministra de salud, Sonia Castro- detalla que hasta el 25 de septiembre de 2019 se reportaban 92 profesionales de la salud que habían optado por exiliarse ante la persecución gubernamental. Ante estas cifras, el galeno específica que 64 de ellos se encuentran divididos en “Costa Rica, Estados Unidos, España y Ecuador”. Y añade “hay varios que se encuentran en diferentes países de Europa, pero estimamos que hay más médicos exiliados”.

Borgen enfatiza que la persecución contra las y los médicos es por motivos políticos, por tanto, los despidos y el asedio no son justificables. “Como Unidad Médica exigimos el cese del asedio, hostigamiento a los profesionales de la salud. También exigimos el reintegro de los médicos que han sido despedidos arbitrariamente; en Nicaragua urge que deje de ser un delito brindar atención a las personas heridas, ese es nuestro deber”.

La preocupación de Borgen quedó evidenciada en el boletín de los meses de octubre y noviembre de 2019 del Mecanismo Especial de Seguimiento para Nicaragua (Meseni), instalado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), contabiliza más de 405 profesionales de la salud despedidos por brindar ayuda médica a manifestantes y mostrar una opinión adversa al gobierno Ortega-Murillo.

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Comunicación

Tras enrumbarse al exilio se pierden muchas cosas, entre ellas la comunicación con seres queridos y cercanos, con Rumanía no fue la excepción.

Entablar comunicación muy seguido con sus familiares le preocupa. Desde que salió del país, policías han comenzado a asediar la vivienda de su familia en Nicaragua, según ella no quiere perjudicar a sus seres queridos, siente que lo hace. Es por esto que habla con ellos una o dos veces al mes por videollamadas. Su mamá le comentó que llegaron policías a su casa a preguntar por ella. “Fue hasta que yo salí del país, en septiembre del año pasado (2018), que llegaron a mi casa. Policías preguntaban por mí, las respuestas de mi mamá y mi abuela fueron ‘ella no vive aquí’, trataron de cerrarse así. Luego unas camionetas plateadas pasaban y se mantenían afuera de la casa, con las luces encendidas”.

Actualmente, su mamá no le ha comentado nada sobre asedio de policías a su vivienda, aunque piensa que lo hace para no preocuparla. “Así hace con varias cosas”, dice. En el exilio ha sentido la falta de tener a personas cerca para poder contar sus cosas, extraña la comunicación. Más aún con el giro que dio, de un país centroamericano como Honduras a viajar a Europa.

Contexto

De Honduras decidió ir a Europa, a buscar mayor estabilidad. Por antecedentes de simpatizantes del gobierno Ortega-Murillo de asediar e insultar a exiliados que se encuentran en la misma región donde está, prefiere no brindar ubicación. “En una parte de Europa, así es más seguro para mí”. La joven teme al asedio.

Para ella, llegar al viejo continente ha significado una barrera cultural abismal. Todo le es raro, costumbres, choques de perspectivas. En su estadía en Europa no ha logrado conseguir un trabajo formal. Limpiar casas y cuidar de niños es lo que ha hecho para sobrevivir. Comparte un cuarto con tres mujeres más, todas de distintas nacionalidades, en un campo de refugiados. Pese a ello, la joven médica repite constantemente: “Es difícil, pero no nos rendimos. No le tengo miedo al trabajo, hay que ser fuerte”. Ser fuerte, lo repite varias veces, como un mantra.

Al preguntarle cómo describiría lo que es vivir en el exilio, ella, al instante suspira. Se toma un tiempo para contestar. No le es fácil. “Salí el 30 de septiembre de 2018. El exilio se puede resumir como (más silencio, doce segundos exactamente marcados en el registro de audio) con frío, a esto me refiero al aspecto de que te encontrás muchas veces con gente indiferente, que te encontrás con soledad, con vacío… Incierto, porque no sabés a lo que vas, ni a lo que te vas a enfrentar. Sin fecha de caducidad, porque no sabés cuándo va a terminar. Aunque considero que esto me sirve de terapia (la entrevista), para poder expresarme”.

Rumanía extraña la comunicación con su familia y su país, es de lo más doloroso para ella. Ilustración de Jairo Pérez.

 

Desde el exilio ella añora muchas cosas de Nicaragua, entre ellas la comida nicaragüense, extraña el característico sabor de su país. “Extraño todo, la comida, el gallopinto (con un tono de desear saborearlo), carne asada, la comida nica… Fijate que cuando uno está afuera y pierde cosas es que en verdad uno empieza a extrañar, a valorar”.

-¿Qué disfrutabas hacer en Nicaragua?

– Por ejemplo, a mí me encantaba ir a Masaya y tomarme un batido en la plaza, extraño un fin de semana donde agarraba la ruta y me iba a Granada, luego a mi casa.

Pese a las consecuencias que trajo consigo involucrarse en las protestas antigubernamentales y atender a jóvenes heridos, Rumanía no duda ni un segundo en afirmar que lo volvería a hacer, pero con una leve variante. La galena confiesa que tomaría mayores medidas de seguridad, más precaución, pero saldría nuevamente a las calles. Luego, en tono de broma añade “lo que me arrepiento es de no haber comido más fritanga antes de salir del país”.

-¿Qué enseñanzas te ha dejado este proceso?

– He madurado como decimos a la mala, valoro hasta el más mínimo detalle, el exilio reafirmó mi fe en que aún hay gente buena. También, a nivel general creo que hemos aprendido que las y los nicaragüenses unidos somos fuertes, que no debemos cometer los errores del pasado, haber enterrado por ejemplo que Daniel Ortega es un violador (caso de denuncia que tiene el mandatario de su hijastra, Zoilamérica Ortega Murillo), y aun así votaron por él, nunca un violador será buen presidente.

Para sobreponerse a su actual condición, recuerda en las noches solitarias, en los días agobiantes, aquellos que se asemejan a la eternidad, los momentos de compañerismo que vivió con los muchachos en la UNAN-Managua, para la joven, ellos son el principal motivo de que siga en pie y con su anhelo de ver una Nicaragua libre y democrática. “Hay que recordar lo bueno, lo positivo, no solo lo malo. Eso siempre hago, como recordar lo que hacían los chavalos en las barricadas y nos reíamos. Las comidas épicas con Marruchan por las noches en las trincheras”.

Con 27 años Rumanía pasó de tener una profesión, una vida estable y la cercanía de su familia, a huir de su país por atender heridos y protestar contra el gobierno Ortega-Murillo. Constantemente se repite a sí misma que debe ser fuerte y mantener vivo el anhelo de un país libre, donde pueda protestar sin temor a ser asesinada o arrestada. La “doc” de las barricadas, como la nombraron las y los atrincherados, espera volver a su tierra, abrazar a sus seres queridos y por fin llorar y rendir homenaje a sus compañeros de lucha asesinados.

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