Reflexión sobre la participación de las Madres en la resistencia cívica.

Escrito por: Kassandra Guadalupe Castillo

Desde que tengo conciencia crítica, soy de la opinión que el mal no existe, la humanidad es quien crea el concepto del mal a través de sus acciones, la peor enfermedad que proviene del ser humano y que destruye cualquier tipo de condición que lleve hacia un estado de bien común en la sociedad.

Lo que ocurrió desde el pasado abril del 2018 deja en evidencia el deterioro de un malestar que se había comenzado a gestar desde hace once años atrás, los síntomas de una Nicaragua con su cuerpo débil azotado por la enfermedad a causa del poder, la corrupción y un sistema político viciado, revestido del excesivo y falso y utópico socialismo ha sido la peor plaga para nuestro país. Si bien desde el 18 de abril despertamos de ese adormecimiento social, donde por fin quienes desde nuestros grupos cerrados opinábamos sobre la inconformidad de las acciones de este régimen, por primera vez alzábamos la voz a luz pública, unidos por una misma razón por un mismo motivo.

A pesar de este levantamiento social es válido reflexionar hasta qué punto como ciudadanos nicaragüenses dejamos pasar todos los atropellos continuos que el Gobierno cometió durante mucho tiempo, en mi propia reflexión he sacado la conclusión que uno de los grandes obstáculos de una sociedad es que entre toda su población se genere un sentimiento de conformidad, un bienestar falso otorgado por un interés que poco a poco se adueña de la población a tal punto que se debilita el pensamiento crítico y se hace caso omiso a las anomalías sociales, políticas y económicas.

Pero sin tantas descripciones que ya todos sabemos quiero enfocarme ahora a una reflexión aún más profunda, es una cuestión que no se trata de hacer un resumen de los acontecimientos, esto se trata de exponer las drásticas consecuencias que deja, el poder, la avaricia, la soberbia de quien gobierna un país.

Aprovechando que se acerca el tiempo de cuaresma y Semana Santa dirigiré este escrito haciendo una analogía entre el sufrimiento de María y las mujeres que acompañaron a Jesús a lo largo de su Pasión, con la lucha de las mujeres y el dolor de aquellas madres que perdieron sus hijos en las protestas del año pasado.

cuando experimentas las injustica en carne propia y luchas contra ese mal, nadie dijo que sería una lucha fácil porque encaras a quienes han provocado ese mal y es evidente que ante el cuestionamiento de sus acciones donde solo ellos se favorecen terminan sintiéndose incomodos y su cinismo hace que actúen de manera abrupta para evadir la situación, en ese sentido y nada más lejos que la realidad la actitud que tomo el gobierno tomando represarías contra el pueblo, es casi la actitud que los Fariseos y Sumos Sacerdotes tomaban cuando Jesús cuestionaba la autoridad que estos ejercían. Decir la verdad incómoda y quienes no la aceptan y se sienten con el poder de matar quienes alzan la voz no dudan en hacerlo. En nuestra lucha cívica fueron decenas quienes murieron, fueron niños, adolescentes, jóvenes, adultos, creyentes y no creyentes pero que como Jesús su causa de muerte fue la lucha por la verdad y la justicia.

Pero detrás de estas muertes quienes también han sufrido son las mujeres, aquellas madres con sus gritos de dolor, con sus ojos llenos de lágrimas al ver a su hijo tendido en el suelo ya sin vida, cuantas Marías surgieron desde aquel abril, cuantas “Hijas de Jerusalén” han llorado por las heridas y la sangre derramada en el manto azul y blanco que cubre a Nicaragua.

Yo vi a María en aquella madre que día y noche postrada por varios días en la entrada de una cárcel esperaban que liberaran a su hijo, yo vi a María en la mamá de Alvarito Conrado, yo vi a las “Hijas de Jerusalén” reflejado en el llanto desgarrador de quien le asesinaron a toda su familia, yo vi a las “hijas de Jerusalén” en los rostros de las mujeres de Monimbó que acudían a ayudar y auxiliar a los heridos en los enfrentamientos, yo vi a María en aquella mujer que gritaba desesperada por recoger el cuerpo ya sin vida de su marido aquel medio día en Masaya.

A pesar de ese sufrimiento que ellas han experimentado (el peor dolor de una mujer) aquel ser que dio a luz, que salió de sus entrañas, que lo alimento, que lo vio crecer y que lo educó con amor, ahora le ha sido arrebatado, es increíble como aún tengan fuerzas para seguir en la lucha, seguir en la resistencia; ellas con mayores motivos para continuar con aquel deseo que a sus hijos quisieron apagar con balas.

En definitivo, por muchos análisis políticos, social y económico que se pueda hacer con respecto a la crisis implantada en el país, debemos tener siempre en mente el dolor, pero también el valor y el coraje de estas mujeres que no solo son el reflejo de María en cuanto sufrimiento, sino que también al igual que la Madre de Dios han caminado al lado de sus hijos para luchar por la paz, la justicia y la verdad.

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