Selfie de jubiladas

Escrito por: Sylvia Ruth Torres

La señora de vestido verde bajaba con dificultad la grada de una casa donde la habían refugiado. La perseguían, junto a otras personas jubiladas, un grupo de la juventud orteguista. Tiene unos 80 años como mi mama, le ayudo y nos agarramos del brazo. “¿Usted anda en la marcha?”, “sí”, me dice. Yo voy de súper reportera transmitiendo con mi teléfono, vía el feiz. Pero se me olvida el profesionalismo y las dos empezamos a decir improperios, una patrulla de policías se nos viene con luces y sirenas. Y empezamos: “Ni que fuéramos los gringos invadiendo, tales por cuales”. Y nos hicimos la selfie. Aquí andamos las viejitas y nos quieren cachimbear, nos reímos. Está en el video de mi minuto de fama autotransmitido.

Jubilada y operada yo, 20 años mayor ella, nos metemos en otra casa ante otro carrerón de esos muchachos que parecían una jauría cazándonos. Pasan, nos salimos y seguimos para alcanzar la marcha, siembre agarraditas. En León desde la lucha contra Somoza, la gente acostumbra dejar entreabierta la puerta, uno las empuja y se esconde. Seguimos, hay otra puerta entreabierta; “Tenemos que cuidarnos —me dice— gracias por el raid. Aquí es mi casa, nos vemos en la próxima marcha. Y yo: “Mamiiita, me quedé sola”.

Pero sigo, hasta que me topo con otras marchistas, que estaban retenidas porque esa jauría asesina que se traslada en un bus de la UNAN de León, nos andaban como en el juego infantil, venadito entré a tu huerta. Me encuentro en un grupo aislado entre los agresores y la Policía y me les uno. Se me acerca una señora sandía, hija de una señora que quería mucho. Llorando, me dice que no anda con ellos, y lloramos las dos. Yo, porque no le creí.

Estamos en la esquina de Sinsa, con dos mujeres bien bravas que se habían agarrado con los orteguistas para quitarles a una cipota y a un señor. El que vieron en el video en el suelo. Una de ellas, después nos reconocimos, cuarentona, le gritaba a una mujer que andaba con los agresores: Venite aquí, pero vos sola. Y yo: Noooo compañera, ahí déjela. Y ella: Si allá le di, me hace señas con el puño, pero se me vino la marabunta.

Y la otra señora joven pelo blanco y brava, también retaba a los agresores. No digo sus nombres porque #SoyParanoicaLoCualNoSignificaQueEsteErrada, les retaba. Y yo calma, pensando que estábamos en la puerta de Sinsa y si se nos tiraban, nos metíamos, y cuando vuelvo a ver calladito nos había cerrado la puerta. O seaaa. Sin plan de repliegue en medio dos agresores, los orteguistas y la Policía. Éramos unas 10 personas y parecía que todo había acabado. Después supimos que no.

Decidimos retirarnos acompañándonos de tres en tres, y me voy con las bravas y valientes. Y nos empieza a seguir la mujer que parecía drogada. Y yo que nunca recibí diploma de valiente les digo: Metámonos en esa casa. Y ella, la que me lleva de la mano, me dice: No. A esa la hubiera ver…do si me la dejan sola. Que no crea que tenemos miedo. Yo: A pues no, no tenemos. Nos siguió la mujer otra cuadra más, y se aburrió.

Dejamos a una, y sigo caminando con la otra brava, que ya la había conocido en protestas feministas años atrás y nos vamos agarradas del brazo, y nos contamos ay yo tengo esta condición, me dolía todo. Ay, yo también. Pero ahorita no me duele nada. Ah, es la adrenalina, me dice. Cuando llegués a tu casa te va a doler. Y nos vamos por el camino, y como en León todo mundo se conoce, nos paramos a cada rato, chequeando mensajes para saber si todo mundo está bien, Karen está hospitalizada. (quién es Karen), no la conozco, pero pobre.

Platicamos con las personas que tienen puertas entreabiertas y dan su apoyo, dicen que tienen miedo, pero que en la otra marcha van. Nos preguntan cuándo, no sabemos. Empezamos a darnos consejos: no avisar por Facebook, ni a los tapudos. Borrar mensajes de los chats por si nos roban el teléfono, hacer plantones sorpresa, volverlos locos.

Sí hay que temer a un millón de cachorros sueltos. Ya no digamos a un millón de viejas sueltas. Aloo, recuerden Ampronac. Esas señoras eran bravas, inteligentes, conspiradoras.

A todo mundo le platicamos detalles de cómo don Hipólito Pravia, el señor mas bravo de la marcha de 84 años, el Inss le robó semanas cotizadas. Ahora le da una miseria y le quiere robar unos 250 córdobas. Trabaja y cotiza desde los años 60. Él fue combatiente en la insurrección del 79, muy respetado. Con el dinero que le quitan podría pagar agua un mes y otro comprar comida a sus únicos compañeros: sus perritos.

Se les acercaba a los agresores y les decía de todo, se los quitamos cuando lo empujaron porque les dijo hijueputas. Y nosotros: No se salen, si le pegan a un viejo les cae sal. A esas alturas, un argumento de derechos humanos no sería muy efectivo, digo. Y los majes, él empezó. Pero no ves que está viejito y el viejito pelando conmigo, “soltaame”. Y de la marcha me reclaman, ¿para qué lo trajiste? Y yo: Yo no, solo lo estoy cuidando. ¡Ah bueno!

Ya para terminar dos jóvenes le preguntan a mi amiga valiente si está bien, estaban preocupadas por su salud. Dice que los tuvieron sitiados y que uno de ellos salió a defender al viejito, se interpuso entre sus ex amigos Jota Ese, y se vino con el viejito al plantón. Sigue temblando.
Resumen: esta marcha fue volver a los 17. Ese calor solidario de sentirse una con los demás. Ese sentimiento de que no nos doblegaron. De ver a la gente voltearse al poder no tiene precio. #NoDejemosQue losCabronesNosAplasten.

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