El terrorismo viaja en chimbombas.

Escrito por: Elthon Rivera Cruz

Se piensa en una gran cantidad de cosas sobre las que se puede escribir en Nicaragua, si se basa el escritor en los aconteceres trágicos que marcan la historia de este hermoso país en el periodo de abril dieciocho en adelante durante el año dos mil dieciocho, y quien sabe si más tiempo aun en el futuro, todo gracias al aberrante y enfermizo actuar de un dictador, que, como otros de su misma calaña, hace lo que sea por perpetuarse en el poder, y hace, reiterando, literalmente lo que sea, así tenga que aplastar cada uno de los derechos humanos, destruir lo que haga falta, apresar a quien crea que puede ser una amenaza, y esto en el mejor de los casos, pues siendo realista, matar no es una limitante para un régimen como el que en este periodo se ha instaurado. Se puede sacar de toda esta situación un sin número de relatos, pues ante la historia, se están dando hechos que horrorizan a cualquiera.

Pero en este caso, lo que escribo me lo inspiran pedazos de hule inflados con el aliento de los ciudadanos heridos, desesperados, desesperanzados, pero que aún se mantienen soñadores de un futuro sin tanto atropello gubernamental, que se mantienen de diversas formas luchadores, así es, me inspira este escrito hules azules y blancos, llenos de alientos y dióxido de carbono, que, saliendo de los pulmones de sus sopladores, gritan en silencio, ¡Bastaaaaa!, ¡libertaaad!, y demás sentimientos que quedan atrapados en las frágiles paredes de estos juguetes, decorativos, usuales y comunes chimbombas, gritos que no fueron gritados, sino soplados, susurrados, apenas expulsados en silencio, pero que permanecen ahí hasta que en algún momento perezca la burbuja sintética que los contiene, y puedan salir en el idioma del desgaste, el idioma del caos, el idioma de la tormenta, y ¿Cuál es este?, pues el ruido, la explosión, el estallido inofensivo que sin ser entendido ha dicho todo lo que quien la sopló sentía desde el interior de su cuerpo.

¿Pero que habría de importancia en las chimbombas, cuando un centenar de personas han muerto?, ¿vale la pena escribir sobre el hule, habiendo tanta riqueza literaria dentro de tan trágico momento?, ¿será acaso que para mí es más importante una chimbomba, que la vida de mis hermanos estudiantes, que la vida de mi pueblo?, la respuesta será siempre no, no hay superioridad en una chimbomba, no hay más importancia en un pedazo de hule inflado, que, en la vida de mi gente, pero aun cuando las chimbombas circulen sobre los párrafos de este escrito, no son la esencia del mismo. ¿entonces cuál es la importancia?, la importancia es la esencia que se esconde detrás de ellas, estas letras no tratan de las chimbombas, sino de quienes las inflaron.

Porque en un país envuelto por la maldad de sus gobernantes, la violencia surgió como urge un rayo, veloz e inesperado, así mismo se detonó el caos en la tierra más segura de América Central, un pueblo que vio como en pocos días los policías que juraron protegernos, estaban matándonos, siguiendo el instinto psicópata que esconde el comandante bajo un disfraz de orden, orden directa de detener el terrorismo que él ha inventado en contra del pueblo nicaragüense, este pueblo que como cualquiera, ha seguido su instinto de defensa, de vivir,  de proteger a los suyos, un pueblo que dentro de los actuares de paz, chocó con un muro llamado represión, un pueblo entero que no encontró la solución por la fuerza, pues si de mas se trata, el Estado es superior, pero que si demostró que nos gobierna una manada de cobardes, temerosos del civismo, de la justicia y de la verdad, mi pueblo que mostró ante el mundo al monstruo que se sienta en la silla presidencial y a los serviles que levantan la cola de su capa dictatorial, manchada de sangre y carente de dignidad.

Y ¿Cómo hizo esto el pueblo que resultó masacrado?, lo hizo recibiendo las balas que perforan el pabellón de la patria, escudándose tras el triángulo que acompaña en el centro de nuestra bandera, siendo encerrados a la par de nuestra democracia, derramando su sangre, y gritando mucho; así lo logró, pero también haciendo un pequeño gesto con grandes intenciones, inflando chimbombas.

No sé a quién se le ocurrió iniciar a protestar de esta manera, no se quien pensó que regar chimbombas en las calles podría incomodar al gobierno, es más, si lo pienso ahora y no considero lo que esto ha contraído, diré que es una locura y una pérdida de tiempo, pero sabiendo lo que ha significado, pienso diferente, digo que es un juego, que es una protesta, que es un ataque al punto débil de un gobernante y sus sequitos, que solo encuentran el éxito en la violencia, ese punto débil llamado paz, ahí donde los demonios están perdidos, donde se incomodan y no saben proseguir, porque, aunque se digan pacíficos, bien sabemos que en su corazón reina el caos de la violencia.

No sé de donde salió la iniciativa, pero sí sé que funcionó, estorbó y molestó a los traidores de la patria, quienes, a un precio muy bajo, han vendido su alma a un gobierno, es una protesta donde las víctimas son chimbombas. Hemos visto con gracia, como los seguidores del comandante andan desesperados reventando las chimbombitas, hules terroristas, fragmentos de materia inerte que albergan gritos, juguetes que han cumplido su cometido, resonar con su estallido el sentir de una nación valiente, adolorida y soñadora, ridiculizar a los esclavos de la dictadura que con orgullo corren en una lucha tras ese liviano hule que flota con el viento, que se corre como insultando a su destructor, chimbombas terroristas, infladas con el amor del patriotismo y explotadas por el zapato de la traición.

Somos terroristas todos quienes queramos justicia y democracia, todos los que pretendamos un futuro distinto al entristecedor presente, somos terroristas por que la Asamblea lo dijo, nos señaló de lo peor de la sociedad, lo somos por hablar, por gritar, por expresar, por luchar, y ahora también lo somos por soplar, por insuflar un hule que con cada bocanada de aliento se lleva nuestro más profundo sentir, nuestro anhelo de justicia y libertad, es por eso que retomando lo antes escrito, digo que no es la chimbomba el alma de lo redactado, sino los valientes que las inflaron, los guerreros que las dispersaron y los ridículos que las explotaron. Porque somos terroristas ante el dictador, nuestro aliento también lo es, y es por eso que en Nicaragua el terrorismo viaja en chimbomba.

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