Una revolución feminista y ambientalista en Nicaragua.

Escrito por: Kerstin Miranda

No entendemos a qué tipo de desigualdades estamos cultural e históricamente sometidos sino hasta que somos capaces de cuestionar nuestro papel en el mundo. No somos individuos aislados; y más allá de los anhelos y sueños personales, una conciencia verdaderamente despierta es un garante para transformarnos en actores sociales y trabajar en comunidad.

Es un error pensar en que la situación que vivimos tan intensa y dolorosamente desde la segunda quincena de abril es un producto inesperado de una igualmente inesperada revolución encabezada por jóvenes y, adivinen qué… ¡mujeres! Asimismo, es un error pensar en la ‘paz y armonía’ en la que supuestamente vivíamos hasta hace unos meses atrás.

La consigna “La revolución será feminista y ambientalista o no será” ha causado revuelo en las redes sociales, sobre todo por la primera característica que se propone: el feminismo. Vale aclarar de antemano que esto no se trata de hacer declaraciones excluyentes que se relacionen con el protagonismo o con los ‘créditos’, o con quiénes sean los (únicos) beneficiarios. Si algo es muy cierto es que la lucha es de, por y para todos; pues precisamente por eso es que debe ser así.

Una juventud fresca y altruista

Como nicaragüenses, llegamos a un punto de esta lucha en que estamos claros de que nuestras protestas no son por las reformas al INSS (ya abolidas), por las agresiones físicas que sufrieron los jubilados y pensionados en ése primer día de protesta, o por la intransigencia que tuvo el estado días antes para manejar el incendio de la segunda reserva biológica más importante de la nación: Indio – Maíz. Ya no es por eso. Queremos que Daniel y Rosario se vayan, que abandonen el poder, y que se vayan, con ello, todos los mandatarios corruptos que ocupan altas funciones en las instituciones públicas, pues son cómplices, sino partícipes directos de la masacre de la que ha sido víctima el pueblo nicaragüense, abriendo lista para hoy a los nombres de más de 300 personas asesinadas, 1,000 heridos, y decenas de desaparecidos y presos políticos. Con eso, esperamos construir un estado democrático, libre y justo.

¿Cómo fue que, nosotros, los jóvenes, que fuimos catalogados por sociólogos como la generación más grande de apáticos y egoístas, logramos desatar el estallido de esta lucha? No sabría responder certeramente. Pero muchos, como yo, que rondamos ya nuestra segunda década de vida, crecimos viendo banderas rojinegras por doquier, y cómo año con año la gente se desbordaba, – en una actitud desmedida y poco racional – con euforia en los actos oficiales como la conmemoración del Repliegue, el Día del Trabajador, el natalicio de Sandino, etc. Desde nuestra inocencia y tremenda curiosidad de niños, nos preguntábamos < ¿Por qué? > ¿Cómo los hechos del pasado nos trajeron a llenar a las ciudades con grafitis de “¡Que viva Daniel!” y con su rostro impreso en volantes que alcanzaron años pegados a los postes de luz y nunca nadie los quitó? Aunque, sin lugar a dudas, todo aquel ‘festín’ era fuertemente emocionante por el respaldo de la música compuesta en la base del son nica, nunca sentí de verdad que tuviera algo que ver conmigo y mi niñez y pre-adolescencia.

Quizá mi caso, fue el de muchos, y crecimos así, desconectados de una algarabía que, al pasar los años, resultaba ya repetitiva e, incluso, incoherente. Nuestra vida se desarrolló en el momento preciso en donde, por la edad, no alcanzamos a ser adoctrinados con ingenuos ideales, y tuvimos tiempo y espacio para concentrar nuestras energías en otra cosa, y tuvimos, a nuestro favor, lo que las generaciones anteriores no habían tenido a tal nivel: el acceso a la tecnología y a la interconectividad con diferentes partes del mundo. Así, unos encaminados al arte, y otros a las ciencias, cada uno tuvo por seguro una educación complementaria autodidacta, en donde, al menos, nos encontramos, – aunque sea por casualidad -, con iniciativas medio-ambientales y de derechos humanos. Y al revisar todo ése contenido, y toparnos de frente con una realidad tan contrastante en nuestras ciudades y en nuestro país, podría asegurar que crecimos con diversas molestias e inconformidades, y con una actitud muy crítica y autocrítica.

La parte feminista de la revolución

CulturaLibreAgostoISSUU

Estas son las cosas que me hacen preguntarme, ¿por qué desde, 2006, ya para las campañas presidenciales y cuando vuelve a salir a luz la denuncia de abuso sexual que en el 98 Zoilamérica Narváez había interpuesto en contra de Daniel Ortega, las activistas feministas fueron reprimidas y asediadas por brindarle su apoyo y creerle a Zoilamérica? Dos años después, con Ortega en el poder, las cosas no habían cambiado mucho, y ya las feministas hacían esta denuncia pública y casi predicción:

“Estas acciones dejan en evidencia el intento de acallar las voces disidentes de estas mujeres, quienes en ejercicio de sus derechos ciudadanos reclaman una sociedad más justa y democrática, y trabajan por ella desde hace décadas. Muchas de ellas lucharon junto a las y los miles de nicaragüenses que derrocaron la dictadura y no quieren ver resucitar el despotismo, la represión, la anulación de los poderes Judiciales, Legislativos y Electorales que hoy acerca cada vez más a Nicaragua a una condición similar a la vivida durante la dictadura somocista.” (CIMAC, 2008)

¿Cómo, para empezar, alguien puede ser candidato a la presidencia de un país, (y ser socialmente aceptado) cuando lleva a cuestas muchos asesinatos y una violación en perjuicio de su propia hijastra? La represión no paró ahí. Incluso, las marchas y manifestaciones pacíficas que se han convocado en los últimos años, -inclusive las del Día de la Mujer-, han contado con la presencia policial únicamente para cortar el trayecto de las y los manifestantes, y causar tensión. Eso debe permanecer fresco en nuestra memoria.

Ahora, si a eso le sumamos la cantidad de feminicidios registrados (porque hay muchas denuncias que no se llevan a cabo) a nivel nacional en los últimos años, el espectro de un estado altamente terrorista es más evidente: Según la Red de Mujeres Contra la Violencia (RMCV), los femicidios pasaron de 29 en el año 2000 a 65 en el 2007. Según otras fuentes, en el 2008 se registran 78; en el 2009, 79; en el 2010, 89; en 2011, 76; en 2012, 85; en 2013, 65; en 2014, 75; en 2015, 63; en 2016, 43; en 2017, 63; y tan sólo en el primer trimestre de 2018, se reportaron 16… Para un total de casi 800 personas, entre mujeres, adolescentes y niñas asesinadas en 11 años de dictadura, producto de la violencia machista tan normalizada en nuestro país.

Zoilamérica (2016), en una entrevista para UNIVISIÓN, declaraba:

“El abuso sexual prolongado por parte de Daniel Ortega fue el primer síntoma de una actitud de abuso de poder que empieza en una familia y termina en un país; y también el encubrimiento de mi madre fue el primer síntoma de una complicidad que hoy se iba a volver alianza de poder para devastar a un país”.

La violencia machista tan normalizada para el Estado de Nicaragua, no es sólo evidente en la falta de acciones y políticas de legislación para condena e investigación de estos casos; sino también en la impunidad del acoso callejero, en la ilegalidad del aborto, en la inseguridad de los espacios públicos, en el contenido gráfico de los medios de comunicación y los anuncios comerciales permitidos (porque es que algunos canales televisivos y algunos contenidos sí son censurados, ¿eh?), en la ausencia de iniciativas de espacios de discusión comunitaria sobre estos temas y, sobre todo en la educación pública.

Demandamos pues, una revolución feminista, porque no sólo no queremos que nos sigan matando, porque ése no es el problema, sino el resultado de no atender los problemas: queremos que exista voluntad (y acciones) política que garanticen una educación igualitaria y justa para niños, niñas y adolescentes, en donde prevalezca un espíritu humano, que, en vez de rechazar las características “femeninas” como la delicadeza, el amor, la maternidad, la serenidad, el respeto, (etc.), las incorporen a sus planes de trabajo como parte fundamental de la naturaleza humana, y que condenen, más bien, las actitudes y comportamientos de violencia, discriminación, intolerancia, superioridad y dominación sobre otros seres. Y que ésta educación no sólo sea implementada permanentemente en las escuelas, colegios y universidades (públicos y privados), sino que, como iniciativa ministerial, pueda ser llevada hasta los sectores más desplazados de la sociedad; entiéndase: barrios y comunidades en vulnerabilidad, a través de talleres continuos de educación sexual, de género y equidad social, de empoderamiento femenino, entre otros. Entonces los niños serían otros hombres, y las niñas otras mujeres.

La Tierra también sufre

Por otro lado, el medio ambiente también ha sido objeto de medidas que lejos de la “Nicaragua limpia y bonita”, nos han puesto en una cuenta regresiva. Según Leonor Zúniga (2014), para el año 2035, de seguir al ritmo de explotación y de consumo que llevamos, se habrá talado el último árbol de la Reserva de Biósfera de Bosawás. La responsabilidad histórica de negligencia en perjuicio de la naturaleza no la tiene este gobierno. Si no, sólo pensemos en la época en que se construyó la red de ductos hidrosanitarios de la ciudad de Managua que, a la fecha de hoy, se han mantenido e incluso expandido: al igual que otras ciudades del país, ha convertido sus cuerpos de agua en vertederos de desechos orgánicos e inorgánicos, causando un nivel de contaminación casi irreparable. Pensemos también en los vertederos de basura que hay en cada municipio; La Chureca, el principal de la capital. ¿Podrá la tierra con tanta basura?, ¿Quién controla?, ¿Quién recicla?, ¿Quién se hace responsable por los residuos que genera su consumo y su producción?

Entonces, ¿qué acciones de mitigación vemos de parte del gobierno (el cual sí tiene responsabilidad sobre el presente)? Vemos ampliaciones de carreteras, construcciones de parques, aumento de las concesiones de lotes para la construcción de zonas residenciales, construcción de edificios -que a nivel estético y bioclimático están desfasados-; vemos también invasión de colonos en los bosques, asesinatos y desaparición de campesinos y guardabosques, videos de camiones ilegales (y legales) que día tras día salen cargados de troncos de árboles de madera preciosa, autoridades que planean la quema de algunas manzanas de bosques para la construcción de carreteras, (¡y que lo dejan propagarse por más de una semana!), y vemos mucho amor y muchas ansías de progreso económico en la aprobación de la construcción de un canal interoceánico en el sur de nuestro país. Vaya “progreso”.

Se nos ha vendido la idea de que el progreso está directamente relacionado con el desarrollo económico que crece sin parar a un ritmo acelerado. Sin embargo, el crecimiento económico es limitado y finito, puesto que habitamos en un mundo también limitado y finito, -claro, considerado así en el contra-análisis al insostenible modelo económico de una sociedad altamente productivista y consumista. Opuesto a las ideologías tradicionales, la muestra del progreso, según Merenson (2012) es la capacidad de adaptación a los límites naturales y físicos, que en vano intentan ser superados, a través de una ecología política.

La razón de que este modelo económico sea insostenible, es porque está basado en la explotación de los recursos naturales no renovables, principalmente en los metales y el petróleo (y, para colmo, carece de un protocolo para contrarrestar la huella ecológica que dejan esos procesos), en lugar del aprovechamiento de los recursos naturales renovables para la generación de productos o la prestación de servicios. Y es imperativo que el gobierno destine inversiones al estudio y la implementación de sistemas de energías renovables, que es un campo para el que nuestra naturaleza se presta muy bien: energía solar térmica y fotovoltaica, energía eólica, energía geotérmica, energía hidroeléctrica. Asimismo, a la creación de instituciones transparentes que se encarguen de implementar un monitoreo constante de la evolución de los ecosistemas, de la afectación de los bosques, una regulación en la administración del agua potable, y su reciclaje; y, simultáneamente, que fomenten el desarrollo de investigaciones y de proyectos que puedan aportar al estudio de nuestro medio ambiente. En la creación de estas instituciones (y sustitución de las existentes), se debe establecer un protocolo claro y pertinente para llevar a cabo los procesos de la reducción de la deforestación, la reducción de la degradación de los ecosistemas, la conservación del patrimonio natural, y el manejo de los bosques, (como lo estableciera el REDD+) y deben, desde el inicio, unirse a esfuerzos no gubernamentales, y garantizar un constante apoyo político y financiero a largo plazo.

“La teoría política no estará al día hasta que no afronte el desafío teórico que suponen los problemas medioambientales”. (Dobson (1997), Pensamiento político verde).

No necesitamos proyectos de construcción que generen empleos a corto plazo y que impliquen sólo media o baja calificación del personal; necesitamos que se nos garantice una gestión eficiente y responsable de nuestros recursos, porque, como bien decía el presidente en uno de sus últimos discursos <Nicaragua nos pertenece a todos>, y quienes se supone que se encargan tanto de legislar, administrar y ejecutar las acciones del estado, deben, sin lugar a discusión, rendir cuentas al pueblo.

En este punto, quiero hacer hincapié, en que, además de los cambios estructurales que necesita nuestro sistema de gobierno y administración, es preciso también un cambio cultural. Y eso, nuevamente, se consigue a través de la educación. A como he tenido la oportunidad de decir públicamente en las manifestaciones, de nada sirve un nuevo gobierno, nuevas personas en los puestos de mando, si nosotros como sociedad no damos el paso evolutivo hacia una conciencia racional. Y para transformar la sociedad, necesitamos cambiar nosotros como individuos. Acciones que, en nuestra burbuja individual, pueden parecer tan pequeñas como regular el uso y consumo de productos plásticos, la separación de los desechos sólidos, el reciclaje, el no tirar basura en las calles, el ahorro y cosecha de agua, la disminución del consumo de carne, y el sumarnos en una activa participación ciudadana en campañas de reforestación o de colecta de basura, (entre otras), pueden significar un gran cambio en nuestro medio ambiente y en nuestra calidad de vida.

Dicha gestión gubernamental y ciudadana, no es simplemente una búsqueda del beneficio propio como generación. Sabemos que la justicia social que tanto exigimos se haga valer, implica también que las generaciones venideras gocen de una repartición justa de los recursos, mejor que la que nosotros pudimos haber recibido, y que no, más bien, les queden los restos que tras nuestros estragos consumistas les vamos a dejar. Luego de nosotros, vendrá una sucesión indeterminada de seres humanos; sin importar cuántas generaciones sean, merecen, por seguro, un mundo mejor.

De nuevo, es necesario darnos cuenta de que no estamos frente a una revolución incipiente; si no, frente a una que ya se venía gestando desde años –y décadas- atrás gracias a un cultivo de la conciencia personal de cada ciudadano a través de la educación. Ya nuestras acciones y decisiones nos demuestran que estamos frente a una gran oportunidad de cambiar la historia: desde el rechazo a la violencia hasta la activación y re-activación de lazos comunitarios. Ojalá no se nos acabe esa chispa que nació en nosotros como una flor que abre sus pétalos en abril, y que hoy, como lluvia de mayo, ha venido a refrescar nuestras almas y nuestro papel como ciudadanos. La revolución, -o más bien, la sociedad que se necesita que resulte de esto-, debe ser, entre otras cosas, feminista y ambientalista, ¡jodido! porque es que la humanidad y el medio ambiente son temas que nos competen a todos.

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