¿Atacaron a los chavalos anoche?

Escrito por: Celia C. Arce

“Un Gobierno que emplea la fuerza para imponer su dominio, enseña a los oprimidos a usar la fuerza para defenderse”.

Nelson Mandela.

Puesto que la única arma que puedo empuñar por ahora es mi palabra escrita, la usaré sin ninguna templanza o temor:

Sería una mentira decir que hoy somos las mismas personas que éramos hace un mes. Siempre había leído en los libros de historia la forma en que un hombre, un pueblo o un país entero podía cambiar durante las tribulaciones, y lo cierto es que nunca esperé que esta generación viviría para comprobarlo. Las desdichas que hoy atraviesa nuestra patria, unas semanas atrás, solo eran recuerdos de las ya lejanas guerras que nuestros antepasados afrontaron para alcanzar la paz. Ahora esas memorias se han materializado frente a nosotros y se sienten tan reales que duelen en lo más profundo del alma, si es que el alma puede doler. Pero claro, esto es lo que hay, y no podemos hacer nada para cambiarlo. Tampoco creo que lo cambiaríamos de ser posible, porque a pesar de todas las desgracias que ha traído esta insurrección, ha servido para que abriéramos los ojos y enfrentáramos nuestras decisiones finalmente.

Creo que hoy todos los nicaragüenses podemos diferenciar el rugido feroz del disparo de un arma del de otros sonidos callejeros. Sentimos en la distancia el olor nauseabundo de la pólvora y no pensamos en celebraciones ni caravanas, sino en los morteros, los únicos artefactos de los que disponen nuestros estudiantes para defenderse. Percibimos en el exterior ese silencio rastrero y sepulcral, que aunque para muchos pusilánimes signifique paz, para nosotros los revolucionarios es sinónimo de cobardía y frialdad. En la multitud de conocidos desconocemos a muchos, pues no podemos mantener un vínculo con alguien que está de acuerdo con el asesinato de un niño de quince años cuyo peccatum mortale fue pasarles agua a los estudiantes. Simplemente no se siente correcto. Nada de lo que pasa es correcto y nuestros sentidos lo saben.

No, ya no somos los mismos de hace un mes. Ahora somos más humanos. Quizá Nicaragua ha estado atrasada tecnológicamente por años, pero en dos semanas maduró moralmente.

Desde hace más de dos semanas las noches ya no son iguales. No pensamos en banalidades antes de dormir, mucho menos en dramas pasajeros que acontecen en nuestras vidas. Los pensamientos ocasionales que solían mantenernos ocupados o las actividades que usualmente llevábamos a cabo han quedado relegados a segundo plano desde que, al caer la lúgubre noche, los cobardes vestidos de valientes ponen rumbo a las universidades, decididos a acabar con nuestro futuro, que se encuentra atrincherado tras las paredes de un alma máter. Saben lo que hacen. No solo disparan contra los estudiantes; sino también contra cada persona que se encuentra en su casa, velando a distancia por la seguridad e integridad de esos jóvenes. Nos exterminan como a un virus, sin saber que son ellos los portadores de la peste. Desde entonces, no podemos dormir bien. Y al despertar, lo primero que preguntamos es: ¿Atacaron a los chavalos anoche?

Es como si hubieran pasado años desde la última vez que tuvimos un día normal en nuestras vidas, ya ni se diga en la universidad. Son semanas nada más, pero por todos es sabido que la noción del tiempo juega con nosotros en momentos de crisis, y me temo que esta no ha sido la excepción. Hemos caído en un abismo atemporal. De lo único que estamos seguros es de que estamos aquí, pero mañana quién sabe. Marchamos a tientas en la oscuridad, esperando sentir una mano que nos encamine al extremo final. Qué buenos tiempos aquellos, cuando nuestra mayor preocupación era realizar un trabajo o llegar temprano al aula. Nuestro gran temor consistía en reprobar una materia, ahora lo es que un anti motín nos dispare o que un individuo de la JS nos golpee. Ser un estudiante hoy en día equivale a ser un alpinista en el monte Himalaya. Ese sí que es un trecho inabarcable.

Pero el silencio no dura tanto en la tierra de los pinoleros, menos cuando se meten con nuestro futuro. Justo ahora cientos de nicaragüenses están saliendo de sus casas para protestar con porras y sartenes, con pancartas y pitos, con banderas de todos los tamaños que, juntas, tiñen las calles de azul y blanco. Los vecinos han dejado el pudor en la puerta de sus hogares y salido a gritar la consigna más bonita que tenemos, ¡Viva Nicaragua libre!, al son de la banda de guerra y las pailas de los que les hacemos coro. No hay partidos políticos, religión o clase social. Es el pueblo que clama al unísono por la libertad y la justicia. Es la sangre de los caídos que grita BASTA. Definitivamente la guerra nos cambia a todos, y solo cuando tu autonomía y tu vida peligran, es cuando aprendés de vos mismo y de lo que estás dispuesto a hacer. Pero desafortunadamente no se gana una guerra con porras, pitos y banderas, sino con “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”, como dijo Winston Churchill.

Al principio decía que aunque tuviéramos la oportunidad de borrar lo sucedido en las últimas semanas, aun así no lo haríamos. Y es que, por muy terrible y costoso que nos haya resultado este levantamiento, hoy seguimos de pie. Duele mantenerse erguido, sobre todo cuando otros ya no pueden hacerlo, pero es imposible hacer otra cosa, no si realmente creemos que todo el sufrimiento valdrá la pena al final. Nuestros muertos no volverán a levantarse otra vez, pero verán el fruto de su sacrificio a través de nuestros ojos. Cómo dijo Sandino: “Nosotros iremos hacia el sol de la libertad o hacia la muerte; y si morimos, nuestra causa seguirá viviendo. Otros nos seguirán”. No sabemos quiénes llegarán al final de esta batalla. Desconocemos quiénes harán historia y a quiénes les tocará escribirla. Hoy por hoy, ignoramos más de lo que conocemos en cuanto a esta nueva y joven revolución, pero lo que sí sabemos con toda certeza es que triunfaremos. La victoria será agridulce por los que no la vivirán, pero será victoria al fin y al cabo, una victoria inmortal.

 

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