Salud Mental en Silencio

Escrito por: Isadriana Zelaya Hurtado

Comienza un leve dolor de cabeza, sientes fiebre y te duele el estómago, ¿Qué haces? Sin pensarlo, se lo comentas a alguien, lo hablas y buscas un doctor; recibes el diagnóstico y comienzas a compartirlo con tus familiares y amigos. Tomas tu medicina y te cuidas, “la salud es importante”. Ahora,  ¿qué hay de la salud mental? Sientes los primeros síntomas y callas. Esperas a que pase por sí solo, a cómo has escuchado que debe suceder. No lo hablas, no te cuidas ¿Por qué?

¿Qué pasa con la salud mental? Podemos señalar con los dedos lo que pasa. Ellos. Nuestros padres, amigos, familiares, profesores, la educación y el país, eso pasa. Crecemos mientras aprendemos que la salud es lo más importante que podemos tener, pero siempre ha sido limitado a la salud física. Después de todo, no se nos ha enseñado sobre otro tipo de salud. Es por eso que niños, adolescentes y adultos viviendo los síntomas de un trastorno mental callan, “¿acaso eso realmente existe?”. Crecemos ignorando tanto la salud mental que hasta cierto punto se vuelve una ilusión, porque claro, si no lo vemos ni escuchamos, no existe.

Recuerdo tener 13 años, viviendo cada día como prisionera de mi propia mente. Viviendo al borde del colapso, asustada, agitada, preguntándome qué había hecho mal. Tenía tanto miedo de hablarlo y de ser juzgada. Solo de pensar en hablarlo, la agitación era aún mayor. Sin embargo, la necesidad de encontrar una solución era igual de fuerte que el miedo. Mis días habían perdido el color y yo había perdido el interés en mis días. No sabía cuánto más podía aguantar. Solo quería que terminara, de una forma o la otra. “Todos nos preocupamos y nos sentimos tristes a veces”, “se te va a pasar” fueron las primeras palabras que escuché, de mis padres, porque parecía más fácil hablarlo con ellos. Pero cuando no pasó y volví a mencionárselos, las palabras cambiaron a “te hemos dado todo, ¿este es el agradecimiento?”, “es ocio”, “te maleducamos”.

Así como yo, hay muchos más. Dadas las circunstancias, en su momento decidimos mantener silencio. Mantuvimos el silencio porque era más fácil que recibir el rechazo de nuestros seres más cercanos. Somos muchos. Sin embargo, en ese momento yo no lo sabía. Y es que nadie lo sabe al inicio. El callar te aísla, el silencio es solitario. E irónicamente, un trastorno mental no es silencioso, es ruidoso al punto de ser ensordecedor. Es un ruido que solo el que lo sufre puede escuchar, y eso lo hace inexistente ante los ojos de la sociedad. No es la fiebre que puedes tocar o el vómito que puedes ver, pero existe.

Lamentablemente, un trastorno mental, así como es real también es duro. No tiene misericordia. Por más que sea desconocido por la sociedad, no se detiene, y es al ignorarlo que se propaga. Crece entre los prejuicios y la culpa. El silencio lo fortalece. Pero más allá de la culpa y la pena, los trastornos mentales pueden llegar a ser silenciados hasta el punto de quiebre, cuando ya no hay vuelta atrás. En ese momento ya solo queda lamentarse, y no es el que lo sufrió el que se lamenta, es el que lo escuchó pero decidió ignorarlo porque “se le iba a pasar”.

Yo tuve suerte de encontrar un sistema de apoyo. Sin embargo, éste comenzó por mí misma al aceptar que no podía cambiar mi cerebro y que sin importar lo que viniera de afuera, yo no tenía la culpa. Casi al borde del quiebre, decidí que así como mis palabras habían sido ignoradas, yo podía ignorar las de ellos. Busqué la ayuda médica correcta, como la habría buscado por una infección o una alergia. Y comencé a hablarlo, con el fin de ayudar y ayudarme. Pero no todos tienen mi suerte, muchos han llegado al quiebre, al estado sin regreso.

No lo ignoremos más, seamos la sociedad que promueve el cuidado de la salud mental, porque sigue siendo parte clave del bienestar. Algo tan sencillo como escuchar sin juzgar puede ser la clave de esta lucha. Animémonos, ¿no queremos ser la luz al final del túnel para otro? Comencemos por hablar de salud mental.

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