Un país acostumbrado a la corrupción.

Por: Marlon Pérez Solórzano

Según el Índice de Percepción de Corrupción (IPC), Nicaragua forma parte del grupo “élite” de los países más corruptos de América (todos superados por Venezuela), además de competir con países africanos y asiáticos que, con temor a equivocarme, me atrevo a decir que viven bajo situaciones políticas y económicas con un mayor impacto negativo.

Estoy seguro que, al menos, la mayoría de nicaragüenses ya tenían conocimiento de dicha situación y es curioso que la misma, parece no sorprendernos. Aunque, ¿Quién se sorprendería en un país que siempre ha querido ser gobernado por guerras y dictaduras? ¿Quién se sorprendería en un país donde el control social y la rendición de cuentas no son frecuentes en la relación Estado-Sociedad?

El proceso anticorrupción en Nicaragua se presenta como un sistema con muchos inconvenientes en cada una de sus etapas. Siendo los principales: problemas presupuestarios y baja sensibilidad hacia el fenómeno. Esto queda en evidencia al enterarte de que la cantidad de auditores para las instituciones estatales no es ni la mitad de la necesaria, dejándonos como única puerta de salida el poder judicial, entorpecido por factores internos y externos, siendo el más determinante la politización.

Pero, ¿Será que sólo los funcionarios públicos e instituciones estatales tienen problemas de corrupción? ¿Será que somos parte de un país en el que todos aportamos nuestro granito de arena para que la corrupción sea tan común en todos los niveles?

Puede ser que desde niños le abrimos a las puertas a la corrupción, cuando los padres hacen la tarea de los hijos, o cuando se les da dinero a los profesores para aprobar clases.

Esto posteriormente podría desencadenar una serie de hechos traducidos en sobornos a policías, “coimas” de camioneros al pasar por las básculas, o ciertos trámites “especiales” que se pagan en alcaldías, catastro, juzgados, aduanas y registros de la propiedad, servicios en los cuales la mayoría de los nicaragüenses hemos sido parte (desde mi punto de vista, hasta la autenticidad del “trámite rápido” me parece ridícula); éstos hechos son tan comunes que existe cierta aceptación en la sociedad, la que ya no parece incomodarse o sorprenderse con casos de corrupción administrativa, hasta el punto que casos como la Piñata, Canal 6, la Guaca y El Pacto, por mencionar algunos, sean cada vez más tolerables en nuestro país.

No es sencillo pertenecer a un país acostumbrado a la corrupción y es difícil tomar y mantener la decisión de hacer cambiar esta situación cuando el gobierno, instituciones y partidos políticos se encuentran viciados. Pero, si queremos una Nicaragua diferente seamos diferentes en nuestro núcleo familiar, seamos diferentes en nuestro núcleo laboral; es imperativo que la sociedad civil tome mayor participación con actitud constructiva y propositiva.

La corrupción es un fenómeno que se encuentra a la vista de todos, y aunque algunos la observen con indiferencia, no podemos negar que nos afecta. Revitalicemos nuestros valores morales, cívicos y espirituales, y usémoslos como herramientas para promover e imponer la cultura de transparencia, legalidad y honestidad. No intentemos ser padres de la patria, pero seamos buenos nicaragüenses.

 

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